fotografía: Santiago Rubio

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Ésta es la parte que normalmente se llena de una larga lista, con muchos números romanos para que nos hagamos idea de la amplia experiencia del artista. En mi caso no va a ser así, de mi experiencia sé que la única prueba que puedo dar es mi trabajo y él habla mejor que yo de sí mismo. Pero aprovechando la oportunidad, sí que diré cómo la conseguí (la experiencia). Doy por hecho que nacemos con un paquete de habilidades que durante nuestra vida, sí tenemos suerte y no morimos del susto de nacer, podemos llegar a desarrollar. En mi caso se lo debo a mi padre, mi madre y, aquí comienza lo especial, a mi hermana. Fue mi hermana quien me enseñó a mirar y a dibujar. Mi hermana es una dibujante muy personal, hace figurines (diseños) de toda su ropa, que ella misma confecciona. Tejía cuerda, hacía muñecos con trapos, bordaba y realizaba un sinfín de manualidades. Una artista genial. Hoy sigue sorprendiéndome.
A los catorce años, logré entrar de aprendiz en la fábrica de muebles y objetos artísticos más prestigiosa del país. Fue el lugar más fantástico que he tenido la suerte de habitar. No era una fábrica al uso, no. Era una reunión de muchos talleres de artesanos juntos. Ningún objeto se hacía en serie, el ebanista no dejaba el mueble hasta que no lo cogía el barnizador y así todo, una lámpara, una silla, un espejo. Ser oficial en este lugar era como en la marina. Allí me convertí en el eterno aprendiz que sigo siendo. Todos los chicos tenían ansiedad por pasar de categoría y dejar de ser aprendices. Cuando el maestro de los broncistas me dijo que ya estaba preparado para pasar de categoría y le pregunté si ya sabía todo, él me dijo que sí, que sabía lo fundamental, y que el resto lo adquiriría con la experiencia. Se puso pálido cuando le dije que en ese caso quería cambiar de sección, que me gustaría pasar a los tallistas. Y así fui de sección es sección. Tracé muebles, mecanicé molduras, tallé vírgenes, repujé cuero. Fue un aprendizaje de príncipe. En todos los lugares se hacían cosas interesantes, todo era infinitamente sorprendente. Me enseñaron que para trazar las patas de una silla había que conocer las pautas de crecimiento de los árboles y que a los metales se les podía dar colores maravillosos con ácidos y electricidad. Que la madera, un fósil, podía adquirir propiedades maravillosas por fricción. Aprendí a obtener barnices de resinas, colorantes del carbón y las tizas y de un sinfín de sustancias que están ahí en nuestro entorno. Resumiendo; trabajo, disciplina y meticulosidad. Chocante, yo, un niño resabiado y rebelde, hacía todo esto para aprender. El trabajo era duro pero el placer que sentía cuando de una baqueta de fusil hacia un cincelete para repujar latón, o de un trozo de varilla de paraguas una gubia para tallar la fisura de los ojos del cazador africano, que luciría mas tarde en algún gran salón, eso sólo lo sé yo. Ésta fue la primeras veces que tuve contacto con lo que hoy llamamos reciclaje y que entonces era sólo pura normalidad. Mi formación en ese momento sufrió una pausa, la leva forzosa, el ejército, que en esta tierra de eufemismos se le llamaba “servicio militar”. Periodo oscuro y proceloso. Salí sin saber nada y sin valer para nada. España vivía un constante cambio, con una tremenda crisis social y económica. Me dediqué a los más variopintos oficios y recalé en las artes gráficas. Más crisis: comenzó a introducirse el computador. Parecía que todo lo aprendido no servía. Me fui a vivir a las montañas y comencé a dibujar otra vez. Desde entonces la pintura es mi refugio.
Hice mi primera exposición en los años ochenta, no recuerdo bien la fecha, y ahí constaté que tendría un serio problema. Dinero. Era carísimo todo el material, tengo que aclarar que soy un obrero y mis recursos son muy cortos. La pintura es cosa de ricos. Hacer la exposición me costó todos mis ahorros y gracias a una buena amiga pude recuperarme. Vendí un cuadro. Crisis, lamentos y más crisis. Pero no puedo dejar de sentir, pensar, y tengo la necesitad expresarme. No hay peor maldición que ser pintor y no poder pintar. Un día, como en los cómics, se me encendió una lucecita, fue repasando un tratado de pintura del Renacimiento. Allí se describía con meticulosidad cómo había que preparar las tablas para pintar sobre ellas. Era exactamente lo mismo que hacíamos en la fábrica para dorar los muebles. Cogí una trasera de cajón, le di una imprimación y comencé mi primera obra en una base no ortodoxa ni “de calidad”. Hoy ya tiene más de veinte años y está como recién pintada. Desde entonces no pinto en ningún soporte que no haya sido exiliado del mundo de las cosas útiles. Soportes, marcos y colores son personales y únicos, como sólo puede ser lo que ya no es “útil”.
Esto de pintar es apasionante por muchas razones pero, para mí, por dos fundamentales; se requiere rigor técnico y viveza intelectual, y lo mismo que me cuestioné los materiales me cuestiono los motivos y los temas que pinto.
He experimentado con muchas de las tendencias actuales y he estudiado con verdadero placer las vanguardias. Con Kandinsky y Worringer aprendí la capacidad que tiene la pintura de expresar las emociones. De los impresionistas, el rigor de la observación del acontecimiento que es la luz. Me lo pase fenomenal intentando reproducir las tauromaquias de Picasso; Tapies… una pasada. Eran realmente buenos auténticos genios. Una temporada, que estudié a Millares y el grupo El Paso, conseguí hacer un cuadro con sacos cosidos y con pintura blanca y negra que me gustó tanto que lo expuse; todo el mundo vio un saco roto, todos menos un hombre que irrumpió en la sala, a todas luces borracho, se arrodillo ante la pieza y se puso a rezar. Todo el mundo quedó perplejo. Por primera vez leyeron el título de la obra, que era: “…y al tercer día, resucitó”. Pensé que tan malo no sería. El borracho vio lo que yo quería contar y me fui tan satisfecho, por primera vez en mi vida alguien había entendido algo que yo había pintado. Más crisis, el acontecimiento no se repitió. Tuvo que pasar mucho tiempo para que sucediera algo parecido. Decidido a no cejar, seguí pintando y copiando. Lo mío no me agarraba, lo hacía por pura disciplina -yo le llamo “hacer mano”- y lo que copiaba no me satisfacía, era literal. Aprendía mucho, pero como dijo alguien “…esto no es, esto no es”. Más crisis. Un día copiando la “bella ferroniere” de Leonardo, comencé a salirme del “tiesto”, a perder los papeles. Vi como la musa de Leonardo se quedaba sin gesto y en su mano tenía una patata. Por aquel entonces yo devoraba a Freud y a Jung, la verdad que me asusté, pero la dibujé así, con una patata en la mano y en la patata dibujé mi molde dental. Así, compaginando una tendencia a pintar cosas raras con una pintura formal fui exorcizando fantasmas interiores. Se puede afirmar sin temer al error que la temática de mi pintura se inspira más en la psicología y la filosofía que en un intento de explorar nuevas tendencias estéticas. Soy un apasionado admirador de Gandhi, su idea de sincretismo me es muy afín. Y ni corto ni perezoso un día me di permiso. Cogí todo lo que tenía, historia, psicología, matemáticas, filosofía, cábala, poesía, música, etc. y me puse a mezclarlas. Había que pintar. Tenía que pintar y dejar que todo eso saliera por una imagen. Me fabriqué, desde una baqueta vieja, mi cincelete. ¡Había inventado el surrealismo! ¡Qué cosa! Sí, yo también lo vi. Era una faceta de la pintura que no tenía muy estudiada y me empapé de ver y copiar. Copiar, que palabra tan denostada. Y el ser humano no hace otra cosa, pero no la tenemos bien vista. Copiando salen los errores que después se llaman ideas originales. A fuerza de querer ser original uno acaba descubriendo el Mediterráneo. Vino mi segunda exposición. Ésta constaba de una serie de dibujos a tinta que contaban el Mito Pelasgo de la Creación. En un rincón de la sala discretamente, tanto que algunos pensaron que eran de otro, coloqué a mi Dama de la patata, mi amado “El Neurótico del 3º B” y “Los Urbino”. Tres salidas de tono que copiando y copiando había hecho. ¡Qué hermosos estaban! Un buen pintor me comentó: “de todo esto, eso es lo único bueno que tienes, pero si vas por esa línea no te vas a comer ni un colin”. Sí, era verdad, son buenos y hermosos. Fue como una revelación, ¡coño! Todos estaban pintados de memoria. No tenían modelo, sí, todas esas cosas son “mis cosas”. La patata es una de las miles de patatas que he tenido que pelar, mi molde dental, los globos con los que jugué de niño -y de no tan niño-, mi escurridor de verduras, la cazuela que me resisto a tirar pese a faltarle un asa, los botones que guardaba mi hermana…. fascinante. Están pintados con residuos, con objetos desechados para el uso formal y con los residuos que quedan en mi mente después de haber olvidado con que función los usé. Tengo que aclarar que muchos de estos objetos no existen. Hice varios intentos de construirlos, buscar y componer el personaje. Quedaba mal, no me gustaba, conseguía resultados muy muy… no me gustaban. Al imaginar el objeto le damos propiedades que la visión formal nos impide percibir. Por la vía de la academia no tenía nada que hacer, me aburría mucho. No me importa trabajar duro pero deseo ese sentir dionisiaco del placer al trabajar. No entiendo eso de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, a mí trabajar me gusta. Me puse manos a la obra. Rebusqué en los contenedores de cosas inútiles de la cultura --museos y enciclopedias-, reuní una colección de imágenes que, en una tarde de inspiración, di en llamar: “Exiliados del Paraíso”. Hay dos temas que me apasionan, el ser humano (humane) y los dioses, en una palabra, “los culpables”; y a esto estoy dedicando estos años de mi vida, a tratar de conocerlos. Mis modelos son las imágenes que quedan en mi recuerdo de los objetos que manipulo a diario. Con ellos construyo estos cuadros y mi intención es poder hablar de algo que desconozco con cosas que conozco y poder estrechar esa distancia. Elijo el Renacimiento como punto de partida porque creo que fue la época en la que el hombre se planteó conocer a fondo al hombre y se olvidó de las "cosas" y comenzó a generar basura. Hizo verdaderas joyas únicas pero se olvidó que hacía, también, basura. Hoy nos hartamos de cosas estándar, es más, si no tiene el objeto aspecto maquinal no nos gusta, y casi sin solución de continuidad lo convertimos en basura. Como resultado se sabe más que nunca del hombre, y la basura nos rodea por todos los lados. Y en éstas estamos. Como el Mago del Tarot, me siento ante mis abalorios a ver si se produce la magia.
Norberto Fuentes Poblador. |
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